El Descenso Schulze

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elisa
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El Descenso Schulze

Mensaje por elisa » Vie Oct 11, 2019 6:24 am

Este artículo ha sido publicado recientemente en la Revista Ilustrada de Alpinismo “Peñalara” (nº 568, II Trimestre, 2019) por E. Villa y J. Wensell. ¡Espero que os guste!
[Nota: La mayoría de las fotografías muestran los pasos del Descenso Schulze en el sentido (ascendente) en el que se realizó la investigación. Al distribuir esas imágenes por todo el relato, fotografías y texto son en cierto modo independientes. No obstante, esperamos que su significado aparezca claro tras acabar la lectura]


EL DESCENSO SCHULZE

TRAS LOS PASOS DEL GENIO


No cabe duda de que el día mágico de Gustavo Schulze en los Picos de Europa fue aquel en el que logró conquistar en solitario la cumbre del Picu, el Urriellu o Naranjo de Bulnes. Por esta hazaña, en la que desplegó técnicas aún desconocidas en España, pasó a la historia del alpinismo de este país. Pero hubo otro día, mucho menos conocido, que no le va a la zaga, ya que, en esa única jornada, Schulze llevó a cabo tres primeras rutas. La tercera ha permanecido desconocida hasta este momento y es la que se describe en este artículo.


“Desde la brecha oeste de Tiro Liago (sic), descenso por la pared sur por el camino ya estudiado desde abajo. Desde la brecha, bajando hacia la izquierda hasta una canal, que se deja pronto, cornisa descendente que se transforma por fin en una hendidura, que se bifurca después. Seguí la grieta de la izquierda, sitio liso de placa. Más abajo, un trozo corto de grieta muy difícil y placoso (inclinado). La hendidura (falla), una zona dolomitizada, termina en una cornisa que atraviesa la pared hacia la izquierda y llega al coluvión de abajo. (También se puede descender directamente). Seguí la cornisa, que se estrechó dos veces. Bajo la estrechez, terraza estrecha expuesta que por falta de resaltes hay que hacer con una cuerda fijada arriba. Llegué al pedrero donde están depositadas mis cosas, 5 de la tarde”.

Con estas escuetas líneas, anotadas a lápiz en uno de sus cuadernos de campo, describía Gustav Schulze la última de las aventuras vividas en un día que había estado plagado de ellas. Gracias a una reseña publicada en 1906 por el propio Schulze en el boletín de su club alpino, los montañeros han conocido su ascensión al Tiro Tirso, la más notable de las aventuras que vivió en aquel día, pero no la que se recoge en esta nota, que durante un siglo quedó celosamente oculta en la intimidad de un diario personal. Solo tras el descubrimiento de los cuadernos, y cuando se buscaba en ellos reconstruir la historia de unos estudios geológicos que ahora sabemos geniales y que, desgraciadamente, quedaron inéditos, se tuvo conciencia de que el párrafo recogía una actividad alpina importante e igualmente inédita. ¿De qué itinerario hablaba Schulze en ese párrafo? ¿Qué peligros tuvo que afrontar? ¿Cómo tomó las decisiones adecuadas para regresar sano y salvo? Estas son las preguntas que ahora estamos en condiciones de contestar.


I



El 19 de septiembre de 1906 fue un día importante en la historia del alpinismo de los Picos de Europa. Aquella mañana, el geólogo Schulze abandonó muy temprano el casetón minero de Fuente Escondida, donde había pernoctado, y comenzó a caminar con el pensamiento puesto en las crestas que se elevaban hacia el oeste.

Schulze llevaba ya varias semanas dedicado a explorar la geología de esas abruptas montañas que, antes de aquel verano, eran completamente desconocidas para él. Siete días antes había salido de Cabrales y, aunque lo ignorase, se había convertido en el primer visitante que realizaba la travesía completa del desfiladero del Cares desde Arenas a Valdeón. Lo había hecho explorando sin prisa ambas laderas y, cuando fue imposible avanzar por el cauce del río, había continuado la travesía por Ostón y Ario para descender de nuevo al río por Trea y llegar a Caín por caminos realmente difíciles. La exploración no terminó aquí, sino que continuó a Valdeón, más tarde a Espinama y, por fin, a Áliva y alrededores. Por tanto, debieron ser jornadas agotadoras, aunque repletas de emociones y descubrimientos geológicos. Y, allí, en Fuente Escondida, al amanecer de aquel 19 de septiembre, sintiendo la proximidad de cumbres magníficas, seguramente pensó que el esfuerzo físico e intelectual de los días anteriores merecía un premio. Por una horas, la geología no iba a ser el objeto principal de su interés. El geólogo dejó paso al alpinista.

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Schulze en 1906, el año en el que tuvo lugar esta historia
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¿Quién era Gustavo Schulze y qué hacía en los Picos de Europa? Nuestro protagonista había nacido en México, en el seno de una familia alemana que regresó a su país de origen cuando él contaba tres años. Tras la vuelta se habían instalado en Munich, ciudad en la que Schulze recibió educación escolar y comenzó los estudios de geología, una carrera que terminaría en la prestigiosa Universidad de Leipzig, en la que en 1905 presentó una tesis doctoral sobre la geología de los Alpes de Allgäu, Baviera. Paralelamente, el joven se había convertido en un apasionado alpinista que ya contaba con varias escaladas notables, entre las que destacan algunas primeras. Ahora, cuando aún no ha cumplido 25 años (los cumpliría pocos días después, el 27 de septiembre), el flamante doctor en geología se encuentra en unas montañas fascinantes con un propósito concreto: realizar un estudio que sirviese como tesis de habilitación, un peldaño académico necesario para aspirar a un puesto permanente de profesor universitario.

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Cuaderno de Schulze, clave en esta reconstrucción
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Como se acaba de decir, Schulze hacía años que practicaba asiduamente la escalada. Lo había hecho en diversos macizos europeos (Alpes de Baviera, Alpes de Salzburgo, Dolomitas, Oberland, Montes Tatra, etc.). Y en 1906, tras su primera visita a España, su nombre quedó indisolublemente unido a la historia del alpinismo en los Picos de Europa al lograr por primera vez la conquista del Tiro Tirso y protagonizar pocos días más tarde la segunda ascensión al Picu Urriellu, en este caso con los méritos añadidos de haber sido la primera en solitario y hacerlo abriendo una nueva vía. Las notas y comentarios que aquel año trasladó a sus cuadernos de campo, además de mostrar una gran solvencia en las parcelas más variadas del conocimiento científico, revelan una madurez, capacidad de juicio y capacidad de reacción que resultan asombrosas en alguien tan joven. Estos rasgos de carácter, válidos tanto para el geólogo como para el alpinista, posiblemente explican el desenlace feliz de sus arriesgadas escaladas en los Picos de Europa.

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Schulze fotografía la pared mientras busca un itinerario
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Pero volvamos a aquel momento del 19 de septiembre, en el que sale del casetón de Fuente Escondida y contempla las desnudas paredes calcáreas del Macizo Central. ¿En qué cumbre piensa nuestro alpinista? Su objetivo es la cima principal de aquel sector, la Torre del Llambrión, que ya ha adquirido renombre y que, hasta esa fecha, solo había sido ascendida dos veces: en 1856 por Casiano de Prado y su equipo y en 1892 por el grupo encabezado por el Conde de Saint-Saud.

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Aquel día trazó dos caminos en esta muralla
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Schulze se pone en marcha, pero no se encamina hacia la que hoy, partiendo de los Hoyos de Lloroza, consideraríamos la ruta más adecuada: la que lleva al Jou Tras Llambrión por la Collada Blanca, seguida tanto por Casiano de Prado en su ascenso como por Saint-Saud. Quizá en Valdeón le han informado que existe una ruta por el sur, por la que descendió Casiano de Pardo en 1856 y por la que unos años más tarde el británico Ormsby también intentaría alcanzar la cumbre. Tanto uno como otro recorrieron esos caminos acompañados por vecinos del valle (uno de ellos, de nombre Eusebio, participó en las dos expediciones). Por tanto, es fácil que Schulze tuviese conocimiento de esa posibilidad y buscase la vertiente meridional. Sus notas indican que rodea por el sur la Torre de Altaiz, atraviesa el Hoyo Oscuro y, tras cruzar la horcada situada inmediatamente al sur de la Torre del mismo nombre, entra en el Hoyo del Sedo. Finalmente, tras alcanzar “una collada de 2.300 m situada al sur del Tiro Llago” (datos que corresponden a la Collada Ancha), se adentra en “los grandes canchales que hay bajo las paredes meridionales del Llambrión y el Tiro Llago”. Allí hace una parada para descansar y analizar esa gran muralla buscando una vía. Distingue dos posibles rutas para vencer la pared, “una hacia el Tiro Llago y otra directa hasta el Tiro Tirso, que yo tomé por la Torre del Llambrión”, y añade que se decidió por esta última. Pero lo hizo, como reconoce en la nota, equivocando el objetivo. Nada extraño, ya que, desde la perspectiva en la que se encontraba, el Tiro Tirso, cuya altura casi iguala la del Llambrión, da la impresión de ser el punto más alto de la cresta. Y aunque la pared sur del Tiro Tirso tiene un aspecto poco alentador, Schulze, al creer que se trataba del Llambrión, cima que ya había sido vencida dos veces, pudo pensar que la subida iba a ser más sencilla de lo que la vista hacía creer.

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Al acercarnos la cornisa se hace evidente
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Tras varias horas de esfuerzo y enormes dificultades, en las que llegó un momento en el que seguir ascendiendo era la única opción de salida, Schulze alcanza la cima y comprende su error: el Llambrión se levanta hacia el oeste, muy cercano, aunque separado por una brecha. Él acaba de realizar la primera ascensión absoluta al Tiro Tirso, inaugurando una difícil y poco repetida ruta por su pared sur, considerablemente más larga, difícil y expuesta que la que con el tiempo se convertirá en la vía normal. Las palabras que escribió al día siguiente en su diario, recogidas en un libro publicado en 2006, tras descubrirse sus cuadernos de campo, dan idea de la profunda impresión que esta escalada dejó en el alpinista: “Cuando me encontraba solo bajo las paredes del cordal del Llambrión, me sobrevino un sentimiento muy profundo de alegría de vivir. Sin ese sentimiento no hubiese decidido acometer la pared que tenía ante mí y, en su lugar, me habría dirigido al Tiro Llago. Más tarde, cuando estaba en lo alto, en una cornisa vertiginosa, llegué casi a vacilar, pero entonces venció la voluntad. Pocas veces me he encontrado en la montaña en lugares que me hayan impresionado tanto como aquella cornisa y la terrible hendidura que vino después. Vencer el desplome requirió todas mis fuerzas y me acordé de mi viaje con Schneider al Pequeño Wanner. ¡Cuánto hubiera deseado tener en la cumbre un amigo con el que compartir la alegría del éxito!”.

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Las dos estrecheces y el descenso con la cuerda
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Tras dejar en la cima una tarjeta, que no será recogida hasta 26 años más tarde por los segundos ascensionistas, los peñalaros Herreros y Cuñat, se dedica a contemplar las hermosas panorámicas que se extienden hasta las llanuras castellanas: “Vista preciosa: se ve el Cerredo, Naranjo, Peña Vieja, los grandes hoyos, Castilla La Vieja...; no se ve Peña Santa, que queda oculta por el Llambrión”.

Media hora después, emprende la bajada hacia la horcada que le separa del Llambrión por “las placas de la arista que con dirección noroeste desciende hasta la brecha”. Schulze ha llevado a cabo la segunda primera del día: la aérea arista noroeste del Tiro Tirso, actualmente considerada la vía normal de ascensión a esta montaña. En la descripción de esta ascensión, publicada en el boletín del Akademischen Alpenverein y más tarde en el Bulletin Pyrénéen, afirma que carece de dificultades. Sin embargo, destrepar esta arista (grado III) sin conocerla previamente requiere dosis importantes de valor y destreza: en algunos puntos el escalador ha de descolgarse sin poder ver sus pies ni los posibles apoyos.

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La segunda estrechez vista desde la primera
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25 minutos después de abandonar la cumbre del Tiro Tirso ya se encuentra en la del Llambrión. La subida a esta última cima la realiza por una hendidura que él califica de fácil y que probablemente corresponde a la Chimenea Norte, la ruta de descenso de Saint-Saud en 1892. Por fin, ha conseguido la cima deseada. Ahora todo ha terminado y solo queda regresar por un camino más fácil. ¿Fácil? Pues no, no lo será: Schulze ha dejado “sus cosas”, según sus palabras, en el Hoyo de Los Llagos, unas pertenencias que debían ser tan importantes como para desviarse del camino directo a Fuente Escondida y decidirse a afrontar, para recogerlas, un descenso desconocido a través de una áspera muralla no exenta de peligros. Probablemente entre esas cosas que dejó abajo estaba su voluminosa cámara y las pesadas y frágiles placas de vidrio que servían como diapositivas, ya que las dos únicas fotos que se conocen de esa jornada fueron tomadas a primera y última hora del día. Afortunadamente, al Tiro Tirso debió subir una mochila en la que, al menos, había metido las dos latas de conserva que encontraron los peñalaros en 1932 (en una de ellas apareció la tarjeta) y... una cuerda. Una cuerda que finalmente va a necesitar.

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Hendidura que se desdobla en dos, vista desde abajo
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El itinerario preciso seguido en ese descenso nos ha intrigado desde que hace años leímos las notas manuscritas de Schulze y conocimos el párrafo con el que se abre este artículo. A juzgar por sus palabras, no fue un simple destrepe y, dada la época tan temprana en la que se realizó, podría ser una actividad que mereciese quedar registrada entre las rutas pioneras de dificultad. El mundo montañero conoció la existencia de este impreciso descenso cuando en 2006 se publicó el libro citado anteriormente. Y en el mundo montañero abundan quienes sienten interés y curiosidad por la historia y el descubrimiento...


II


Un grupo de rebecos, eternos náufragos del mar calcáreo, buscan alimento entre las rocas. Algunos de ellos, incrédulos, alzan la mirada ante la inesperada presencia de una figura humana. Pese a la relativa cercanía de un transitado sendero, el lugar es recóndito, tranquilo y, en esta hora temprana, aún sombrío. Un impresionante circo de torres y crestas de apariencia infranqueable que encierra un secreto nunca desvelado: el camino de descenso de Gustav Schulze en aquel extraordinario día de 1906.

El montañero se encuentra al pie de la colosal pared y, al contemplarla, es consciente de su propia e inmensa insignificancia. Siente que, para las montañas que le observan, no es más relevante que cualquiera de las rocas que, a millones, pueblan el paisaje. Pequeño, sobrecogido, debe recordarse a sí mismo la razón de estar hoy aquí. Piensa en el joven Schulze aquel 19 de septiembre, a la vez exultante y exhausto tras dejar atrás por fin los peligros de la muralla y alcanzar terreno seguro. Puede que fuese aquí mismo, o quizá unos pasos más allá, donde por la mañana dejó parte de sus pertenencias (sin duda, la pesada cámara de fotos). No resulta difícil imaginar el alivio del alemán al recoger sus bártulos y, tras una última mirada a la pared, emprender el camino de regreso a Fuente Escondida. El punto final de una jornada alpinística que solo puede pasar a los libros de Historia con el calificativo de memorable.

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Tramo vertical en la fisura elegida por Schulze
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Para este montañero, en cambio, más de un siglo después, comienza ahora la incertidumbre. Intenta seguir los pasos de Schulze pero ha decidido hacerlo en sentido contrario, es decir, hacia arriba. El motivo no es otro sino que ha renunciado a la cuerda. Sabedor de que el alemán se vio obligado a descolgarse por ella en un punto, y consciente de que carece de su talento, cree que la única posibilidad de recrear la ruta pasa por intentarla en ascenso.

Ha llegado el momento. Es hora de poner a prueba la teoría creada en la seguridad del hogar. Tiene bien presentes las palabras escritas por el Doctor en su cuaderno de campo que, a fuerza de ser leídas una y otra vez, han quedado grabadas en la memoria. Ellas serán su guía.

Aborda la pared internándose en una gran banda de caliza dolomitizada que, espera, se trate de la “cornisa que atraviesa la pared hacia la izquierda”. El avance resulta al principio sencillo pero más allá vislumbra dificultades, como así es: la continuidad de la vira se ve interrumpida por un pequeño espolón que es preciso rodear. Es un pasaje corto pero muy expuesto que requiere mantener la cabeza fría, desoír el canto de sirena que llega del precipicio. Al otro lado, y en terreno aún muy inclinado y delicado, es preciso trepar unos metros para ganar una estrecha cornisa que se intuye a un nivel superior. La cornisa, entre la pared y el vacío, tiene poco más del ancho de un pie y, al mirar hacia atrás, de repente el conocimiento le golpea con fuerza: se encuentra justamente en la primera de las dos “estrecheces” y ante sus ojos se halla la segunda, varios metros por encima del lugar por donde él acaba de pasar. Y, es que, en sentido descendente, la lógica invitó a Schulze a seguir esta cornisa superior que, sin embargo, muere un poco más allá sin solución de continuidad. Una pared de escasa altura pero vertical le separaba del nivel inferior y ahí, sin duda, cansado del largo día y sin ganas de buscar otra opción, fue donde se descolgó por la cuerda. Escudriña el lugar con el deseo de que la presencia de un viejo trozo de soga, convertido por el tiempo y el espacio en un auténtico tesoro, pueda confirmar sin género de dudas su revelación. Vana esperanza que se difumina y desparece en el límpido aire de la mañana.

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La bifurcación vista desde arriba
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A pesar de ello, animado y reconfortado porque las piezas del rompecabezas puedan haber empezado a encajar (al menos una), el montañero retoma el avance. La banda de dolomía sigue desplegándose en suave ascenso y, aunque el terreno es vertiginoso, la roca se halla estratificada de tal manera que va formando exiguas repisas a modo de escalones que facilitan considerablemente el camino. ¡Incluso parece marcarse por momentos un senderillo de rebecos! Le inunda la alegría por estar aquí pero no se olvida del necesario cuidado, pues un traspiés daría con sus huesos muchos metros más abajo.

A un marcado recodo de la traviesa le sigue un nuevo espolón que oculta la continuación del recorrido. Por lo que sabe, al otro lado debe encontrarse el final de la vira, en la base de un enorme muro desplomado y compacto. La posibilidad de que una de las grietas que marcan los límites del muro sea el camino seguido por Schulze hace vibrar los sentidos del montañero pero, aun así, retrasa de forma deliberada el momento de traspasar el espolón. Saborea el entorno. Se deleita tranquilamente. Paladea la soledad. El día es bello y el lugar, un privilegio. ¿Qué sentido tiene acortar el tiempo cuando uno se adentra en los recovecos de la Historia?

Cuando por fin se asoma al otro lado y recorre la vira hasta su final, la adrenalina se dispara en todas direcciones. Eones de implacable erosión han labrado a lo largo de una falla o fractura de la roca una profunda grieta en cuyo fondo sobrevive un enorme bloque que, a modo de proa de navío, la divide en dos fisuras paralelas y más estrechas. “… Se transforma por fin en una hendidura, que se bifurca después.” ¡Coincide con la descripción de Schulze! Mas, muy pronto, a la alegría por la esperanzadora coincidencia se suma una sombra de preocupación. Aquello no tiene el aspecto de una trepada más o menos sencilla. Cualquiera de las dos fisuras ofrece una estampa vertical y de roca descompuesta. Para colmo, aquella por la que supuestamente bajó el alemán (“Seguí la grieta de la izquierda…”) se halla sumida en una profunda sombra, empecinada guardesa de su secreto.

El aprendiz de explorador intenta animarse pensando, no sin cierta dosis de peligrosa vanidad, que, si el alemán pudo bajar por aquí sin cuerda, él debería ser capaz de la más sencilla tarea de subir. Que intentar demostrar empíricamente esa proposición acarrea un riesgo real es algo que ha asumido con naturalidad cuando comienza a trepar (no: a escalar) con brazos y piernas extendidos, formando con el cuerpo la X que considera más adecuada para superar este “trozo corto de grieta muy difícil y placoso (inclinado)”, en palabras de Schulze. Solo tras unos minutos de total concentración, cuando emerge de la verticalidad, puede permitirse imaginar al bueno de Gustav mirando hacia abajo, con una jornada intensa de aventura y adrenalina pesando en las piernas y en la cabeza, buscando sin encontrarlo un lugar donde sujetar la cuerda, decidiendo si es posible destrepar, diciéndose a sí mismo que son solo unos pocos metros los que le separan de la cornisa y lanzándose, por fin, espoleado por la determinación (o quizá la inconsciencia) de su juventud, a un instante de cara o cruz, de todo o nada…

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Parte más alta, inicio de un descenso incierto
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Sale de su ensoñación, porque es preciso mirar hacia arriba, donde el terreno, afortunadamente, cede en dificultad y, de repente, el corazón está a punto de salírsele del pecho. Desde la desplomada pared de la derecha le saluda ¡un trozo de cuerda empotrado en una fisura! Sugestionado por el lugar y el momento y cediendo a un anhelo tan real como improbable, es incapaz de evitar un primer y fugaz pensamiento: ¡Es de Schulze! Pero no. Por muy descolorido por la intemperie que se vea, el nailon aún no se había inventado en 1906, así que este cordino usado como anclaje de rápel queda como prueba incontestable del paso de otras personas.

La fisura se transforma en una chimenea oblicua, de paredes paralelas, desplomada la de la derecha e inclinada la de la izquierda (“…sitio liso de placa…”). Comparado con el tramo que acaba de superar, trepar ahora es coser y cantar así que el montañero pronto alcanza el punto más alto de la proa, el lugar donde la fractura se bifurca y donde Schulze tuvo que decidir entre dos opciones igualmente inciertas para acabar eligiendo, para bien o para mal, la de la izquierda.

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Hendidura, grieta, cornisa, estrecheces, descuelgue...
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Hermanadas ambas grietas, la hendidura es ahora solo una. Más ancha pero también más sencilla. Consciente de que las dificultades se han terminado, el montañero trepa alegremente para asomarse a la brecha que ya puede ver en lo alto, fuente pétrea donde nace y desde la que se derrama la fractura. A estas alturas, cuando se encarama a ella, sabe lo que se va a encontrar antes de verlo: “una canal, que se deja pronto, cornisa descendente que se transforma por fin en una hendidura…”. Todo está tal y como lo dejó el alemán y una descripción mejor es imposible.

Casi con devoción, sabiendo que coloca sus pies exactamente sobre las mismas rocas que pisó Schulze hace más de un siglo, recorre la bella y aérea cornisa. Solo queda ascender por la pedregosa canal los escasos metros que le separan de la “brecha oeste de Tiro Llago”. Cuando se asoma a los Hoyos Negros, desoyendo el saludo del Pico Tesorero, se toma su tiempo y vuelve la vista atrás; hacia ese vacío vertiginoso que Schulze no dudó en afrontar, sin ninguna referencia previa, firmando así el colofón de un día de alpinismo magnífico. Quizá algo del espíritu del genio permanece en el lugar; o quizá simplemente el montañero se deja embriagar por ese momento irrepetible. Lo cierto es que, tras vislumbrar la vivencia del alemán y rozar sus pensamientos, por un breve instante, casi se siente una especie de alter ego, moderno y torpe, de la extraordinaria figura de Gustav Schulze.


Bibliografía complementaria


Prado y Vallo, C. de, 1860. Valdeón, Caín, la Canal de Trea: ascensión a los Picos de Europa en la Cordillera Cantábrica. Revista Minera, XI (234-235), 62-72, 92-101. [Relato de la ascensión a la Torre del Llambrión por Casiano de Prado]
Saint-Saud, Conde de, 1922. Monographie des Picos de Europa (Pyrénées Cantabriques et Asturiennes). Études et voyages. Editeur-Geographe Henry Barrére, 211 p., Paris. [Recopilación de los viajes de Saint-Saud con abundantes menciones a la presencia de Gustavo Schulze en los Picos]
Longo, J., Villa, E. y Wensell, J., 2017. Ascensiones de Casiano de Prado y John Ormsby en los Picos de Europa. Certezas e incertidumbres. Revista Ilustrada de Alpinismo Peñalara, nº 561, 131-137. [Una nueva interpretación de los itinerarios seguidos por Casiano de Prado y John Ormsby]
Villa Otero, E., Martínez García, E., Truyols Santonja, J. y Schulze Christalle, P., 2006. Gustav Schulze en los Picos de Europa (1906-1908). Cajastur, 291 p., Oviedo. [Publicación de los estudios geológicos inéditos y de las ascensiones llevadas a cabo por Schulze en los Picos de Europa, fruto del análisis de sus cuadernos de campo].
Herreros, E., 1949. La tarjeta que dejó el Doctor Schulze en el Tiro Tirso el año 1906. Anuario de 1949 de la Federación Española de Montaña, Madrid. [Descubrimiento de la tarjeta que el Dr. Schulze dejó en el Tiro Tirso]
Schulze, G., 1906. Primera escalada al Tiro Tirso. XIV Jahresbericht des Akademischen Alpenvereins München, 1905/1906 (en alemán). [Reseña de la escalada al Tiro Tirso publicada en el Boletín de su sociedad alpina]
Schulze, G., 1907. Première Ascension du Tiro-Tirso et Deuxième Ascension du Naranjo de Bulnes. Bulletin Pyrénéen, XII Année, nº 65 (sept-oct 1907). [Traducción al francés de la reseña anterior]
Delgado Úbeda, J., 1954. La toponimia de los Picos de Europa. Revista Ilustrada de Alpinismo Peñalara, nº 319. [El autor sostiene que el nombre autóctono y verdadero de las depresiones situadas entre el Pico Tesorero, Torre Blanca y Tiro Llago es Hoyos Negros, y que una transcripción errónea, perpetuada en el tiempo, ha dado lugar al actual Hoyos Engros].

Helio
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Re: El Descenso Schulze

Mensaje por Helio » Vie Oct 11, 2019 5:03 pm

Magnífico y emocionante relato.
Como en una interpretación de piano a cuatro manos, la conjunción de estilos ha sido genial.
Por un lado el aspecto histórico de la gesta y el perfil biográfico de su protagonista, todo perfectamente hilvanado para situarnos en tiempo y lugar y así poder imaginar lo que pudo suponer ésto en aquel momento.
Por otro lado la visión de nuestro montañero, "moderno y torpe" (:) , recreando el histórico recorrido para mostrar una visión real de sus dificultades y dejando fluir las emociones de este viaje en el tiempo.
Pues si me ha gustado, y mucho.
Enhorabuena a los dos.
Un saludo
Hay dos clases de hombres: los que viven hablando de las virtudes y los que se limitan a tenerlas.
Antonio Machado

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Treparriscos
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Re: El Descenso Schulze

Mensaje por Treparriscos » Sab Oct 12, 2019 10:17 am

Sin duda, posts como este contribuyen a revitalizar el foro. Gracias a Elisa por tomarse el trabajo de compartirlo con todos.

Saludos.

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Escubiello
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Re: El Descenso Schulze

Mensaje por Escubiello » Dom Oct 13, 2019 10:24 am

Precioso y emotivo relato Elisa.
Esto solo se encuentra si existe un Foro como éste. (Bueno, y si estás suscrito a la revista Peñalara, claro :roll: )
Gracias por compartirlo.
DANIEL y ANA MARI

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EduCO
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Re: El Descenso Schulze

Mensaje por EduCO » Dom Oct 13, 2019 6:19 pm

Magnifico!
Muchísimas gracias por compartirlo con nosotros.
Amo a la humanidad, lo que me revienta es la gente.

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noyar
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Re: El Descenso Schulze

Mensaje por noyar » Dom Oct 13, 2019 6:29 pm

Vaya descripción más extraordinaria de la gesta de este alpinista alemán completamente adelantada a su época. Habéis hilvanado un relato interesantísimo, por una parte una investigación histórica complejísima rebuscando en unos cuadernos escritos en alemán unas pocas lineas describiendo esta ascensión de manera somera, y luego la investigación en campo, con un mérito increíble, al saber traducir estas pocas lineas escritas en un papel en una línea de ascensión por una pared vertical de los Picos de Europa.
Os envío mi más sincero agradecimiento por el trabajo de detectives históricos tan magnífico que habéis realizado, y por el ejemplo de colaboración y compenetración maravilloso. Os ha quedado un relato precioso, y la lástima es que en vez de un artículo no hubiera sido un libro entero.

Un abrazo.

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Dobra2
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Re: El Descenso Schulze

Mensaje por Dobra2 » Lun Oct 14, 2019 7:15 am

¡Genial y emocionante! kk2:) Un placer leer artículos así.
Elisa, preciosa manera de conjugar tu trabajo de investigación con el trabajo de campo del montañero y por supuesto nuestra reiterada admiración a Gustavo Schulze, cuyas incursiones en solitario en aquella época y con aquellos materiales nos demuestran las grandes capacidades que tuvo.

¡Saludos! :D
Los Dobra

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