La verdad es que cuanto más se acercan a la actualidad más se parecen a cualquier actividad de montaña de las que se pudieran hacer hoy día.
Después de ver la vuelta a los principios (travesía del Central y circuito de Peña Vieja, que hicimos en 1978), volvemos a avanzar y nos situamos en 1984, el año siguiente de aquella bajada por la Canal de Sabugo, que resultó ser la de Estorez.
En esta ocasión, mis compañeros fueron dos de “los vitorianos” (yo ya vivía en Valladolid desde el 83, pero seguía quedando con ellos): Javi Ugarte, el competente y fiable compañero “de siempre” (le llaman “El Boss” en “La Banda de la Cocinilla”), y Soraluce (“Lucius”), compañero de los últimos años de Vitoria en carreras, “mayadas” y en alguna incursión por los Pirineos (era la primera vez que iba a los Picos).
Siempre he creído que los grupos de tres funcionan muy bien.
Hay que mencionar alguna de las particularidades de lo de este año:
- Por primera vez íbamos a tocar en la misma “expedición” a dos macizos, el Central y el Occidental, y a seguir conociendo cimas. Las previstas eran: la Torre del Friero, (que llevaba atrayéndonos desde nuestras incursiones por el Jermoso y el Llambrión), la Torre Bermeja (que la habíamos visto desde el Central destacar a la izquierda de Peña Santa) y la Torre de Enmedio (vecina de la Torre de Santa María, que conocíamos; a Peña Santa la considerábamos todavía fuera de nuestro alcance).
Contábamos ya con el libro “Los Picos de Europa (Guía de los tres Macizos)”, de Miguel Adrados y Jerónimo López, que nos abrió muchas puertas al darnos a conocer las vías y su dificultad (y empezamos a dejar de lado el legendario libro de Lueje, en el que habíamos aprendido la mitología de los Picos).
También queríamos aprovechar para conocer nuevos accesos, con Posada de Valdeón como punto de partida: la Canal de Chavida, la Canal del Bufón y la Canal de Capozo.
- En el plan “técnico” habíamos empezado a evolucionar hacia la mínima carga y hacia la autonomía total. Esto quiere decir que no llevábamos tienda y que no queríamos tampoco depender de refugios para comer y dormir. Comenzamos a practicar vivac (al que alguna vez llamamos “muerac”, por la precariedad de los medios que empleábamos y que ya veremos). Yo disponía de un piolet nuevo (sin mango de madera), que me habían regalado mis compañeros de trabajo al marcharme de Vitoria en el 83.
- Para los interesados en el tema de la vestimenta, hay que hablar también de las tendencias de entonces. Comenzó a proliferar un tipo de montañeros que, quizá para diferenciarse de los domingueros y demostrar que iban sobrados, llevaban una ropa desastrada, incluso algo rota (era bastante típico un chándal, tipo Adidas, mejor con la tira de las rayas medio descosida y colgando), y calzado del tipo de zapatillas de deporte o botas muy ligeras en lugar de las botas de cuero de siempre. Así que, para no parecer “montañeros de salón”, no hubo más remedio que abandonar los añorados bávaros (¡qué cómodos eran!) y empezar a dejar de parecerse a Rébuffat. La camisa de cuadros aún no la abandonamos, porque, hasta que llegaron los forros polares, no conocimos nada mejor. La ropa “técnica” tardó todavía algún año en aparecer (o tardamos nosotros en enterarnos)
Y, después de este rollo inicial para situarse, vamos al grano.
Yo, en cuanto comenzaban las vacaciones de verano, ¡salía con la familia disparado hacia Asturias! (en Valladolid se nos des-sidrataba el cuerpo y había que correr a sidratarlo cuanto antes):

Al mi pequeñu pueblín, tan húmedu como guapu:


La cita con los vitorianos era, unos días después, en Posada de Valdeón. Al bajar hacia allá, desde el Puerto de Panderruedas, ya se me pusieron los pelos como escarpias al ver aquellos territorios por los que esperaba andar pronto:
El Friero, que tenía sombrero:

Y la Horcada de Pambuches, por cuyas inmediaciones subiríamos también:

Nos reunimos en Posada y pernoctamos allí, haciendo vivac en un rincón que nos buscamos.
1- LA TORRE DEL FRIERO
A la mañana siguiente subimos con un coche hacia Santa Marina de Valdeón, lo dejamos aparcado algo más arriba, en una curva que apunta hacia el Friero (veo en el mapa que la zona se llama Cañabedo) y comenzamos a andar hacia la Canal y Collada de Chavida (bien marcada con dos grandes “jitos” naturales y algo tapada por nubes que andaban por las cimas):

Por la Collada de Chavida en el límite de las nubes:



Cualquiera que conozca la vía normal al Friero sabrá que hay que comenzar a subir por una gran cornisa inclinada. Como estaba medio ocupada por un gran nevero, subimos por unas llambrias muy bonitas:


Después recuerdo especialmente un momento en el que se pasa por un sitio muy estrecho justo por encima de donde sale la famosa y gran canal de la cara norte. Daba un poco de vértigo pasar por encima de aquél “tragadero” (no hice foto).
En las entretenidas trepadillas posteriores (siempre nos ha parecido que esta vía normal al Friero está algo infravalorada, “F”, en el libro de Adrados, por comparación con otras catalogadas como “PD”):


Y mis compañeros llegando a la cima (yo siempre me retrasaba algo con el lío de las fotos: en las réflex no automáticas había que ajustar la exposición, con el diafragma y/o la velocidad, y enfocar):

Los tres en la cima:


No tuvimos buenas vistas porque las nubes estaban jugueteando continuamente, pero, por eso mismo, la cima tenía un ambiente especial. La mañana era bastante agradable y estuvimos allí un buen rato tratando de identificar lo que se veía de vez en cuando:

En la siguiente foto se ve claramente al fondo la Padiorna:

De todas formas, ya que en las fotos se ve poco, recordemos lo que decía Lueje de la Torre del Friero:
“Miradero insuperable cernido frente al Llambrión, de la Peña Santa, de lo excelso de la Cordillera y del verde Valdeón” (en otra ocasión, varios años después, con un día despejado, disfrutamos de ello).
Comenzando a bajar, entreviéndose al fondo la zona de Collado Jermoso y Peñalba:

Deshaciendo la bonita trepadilla:

Bajando hacia la Collada de Chavida:

En la rimaya del nevero que obstruía la gran cornisa:

En la Collada de Chavida con los dos grandes “jitos” naturales a la izquierda.

En el “campo base” de Posada, ya de vuelta, ordenando el material y secando la ropa (ahí mismo dormimos, vivaqueando al lado de los coches, donde guardábamos los trastos):

Esa tarde tocó descanso en Posada. Mis dos amigos se enredaron jugando al Mus por allí, supongo que son los mejores jugadores del mundo (no sé jugar al Mus, conozco sólo la teoría, pero sé que la primera regla es decir que uno es el mejor jugador), y yo fui a echar un vistazo al arranque del camino que seguiríamos el día siguiente.
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